El 23 de febrero de 2026, el hedge fund Bridgewater Associates lanzó una bomba al mercado: las cuatro grandes tecnológicas estadounidenses —Alphabet (Google), Amazon, Meta y Microsoft— destinarán conjuntamente unos 650.000 millones de dólares a infraestructura relacionada con inteligencia artificial durante este año. Se trata de un salto brutal del 58 % respecto a los 410.000 millones invertidos en 2025, según el análisis detallado que el co-CIO Greg Jensen compartió en una carta a clientes. Este anuncio no solo confirma la escala sin precedentes de la carrera por el dominio de la IA, sino que marca el inicio de una etapa crítica donde la dependencia de capital externo y el ritmo exponencial de gasto en hardware físico convierten el boom en algo “más peligroso” que nunca.
Las cifras por compañía ilustran la magnitud de la apuesta. Amazon liderará con aproximadamente 200.000 millones de dólares en capex, casi todo orientado a AWS y centros de datos para cargas de trabajo de IA. Alphabet planea entre 175.000 y 185.000 millones, enfocados en Gemini, Vertex AI y expansión de Google Cloud. Meta destinará entre 115.000 y 135.000 millones (casi el doble de 2025), mientras que Microsoft, con un run-rate anual de unos 145.000 millones en su ejercicio fiscal 2026, completa el cuarteto. La mayoría de estos fondos irán a chips de IA de alto rendimiento (principalmente Nvidia), servidores, redes de interconexión y la construcción de data centers masivos. Para financiar esta orgía de inversión, las empresas ya han recortado agresivamente sus recompras de acciones, priorizando gasto de capital sobre retorno al accionista.
Según Jensen, el boom de la IA ha entrado en su “fase más peligrosa” precisamente por esta combinación letal: la demanda de computación sigue superando con creces la oferta disponible, obligando a los hyperscalers a acelerar aún más las inversiones físicas para intentar alguna vez ponerse al frente. “El gasto en infraestructura física crece exponencialmente y la dependencia de capital externo es cada vez mayor”, advirtió. Si algo falla —un retraso en breakthroughs de modelos, una corrección bursátil o un cambio súbito en la demanda—, el impacto podría ser devastador. Jensen también señaló riesgos existenciales para otros sectores: las nuevas capacidades de agentes IA de empresas como Anthropic y OpenAI ya están presionando las valoraciones de software y proveedores de datos, tal como se vio en la reciente caída de acciones de software.
Desde el punto de vista macroeconómico, este torrente de capital es un motor potente para el crecimiento de EE.UU. Bridgewater estima que la inversión tecnológica en IA aportó unos 50 puntos básicos al PIB en 2025 y podría sumar entre 100 y 140 puntos básicos en 2026-2027, comparable al impulso de la burbuja tecnológica de finales de los 90. Sin embargo, hay costos ocultos: presión alcista sobre la inflación en equipamiento tecnológico y comunicaciones, subida de precios de la electricidad en regiones con alta concentración de data centers, y una competencia feroz por recursos escasos (chips de memoria, cobre, aluminio y capacidad de generación eléctrica). Además, gran parte de los beneficios generados (especialmente los de Nvidia) no se reciclan plenamente en la economía estadounidense, lo que crea un crecimiento concentrado en muy pocas manos.
Los analistas coinciden en que 2026 será un año de prueba de fuego. Las startups de IA frontier como OpenAI y Anthropic necesitarán avances concretos en agentes autónomos y rentabilidad real para justificar sus valoraciones estratosféricas y atraer rondas finales antes de posibles salidas a bolsa. Mientras tanto, los inversores observan con cautela: si la ROI de la IA no se materializa con la rapidez esperada, el recorte de recompras y el endeudamiento podrían golpear los precios de las acciones de Big Tech y arrastrar al resto del mercado. En paralelo, el boom acelera la transformación energética y de la cadena de suministro global, con implicaciones geopolíticas evidentes.
En resumen, los 650.000 millones de dólares de 2026 no son solo un número récord; representan el momento en que la inversión en IA deja de ser una apuesta optimista para convertirse en una infraestructura crítica de la economía mundial. Bridgewater ha puesto el dedo en la llaga: el crecimiento exponencial siempre fue emocionante… hasta que la dependencia de capital lo hace peligroso. El mundo tecnológico está a punto de descubrir si esta fase entrega los frutos prometidos o deja cicatrices duraderas.
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